Especies activas después del anochecer, con sentidos adaptados a la oscuridad.
Vivir de noche exige otro equipamiento: ojos con más células sensibles a la luz, oído fino, olfato desarrollado, bigotes táctiles o, en el caso de murciélagos y algunos cetáceos, ecolocalización. A cambio se gana el acceso a presas que de día están escondidas y se evita tanto el calor como a los depredadores diurnos. Es un patrón muy repartido por todo el árbol de la vida, y explica por qué muchas especies comunes son casi invisibles para quien pasea de día.












A partir de lo que ya sabemos de nocturno.